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Manoel de Oliveira, un siglo de cine portugués

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Manoel de Oliveira, un siglo de cine portugués

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Manoel de Oliveira, un siglo de cine portugués

 

“¿Que si pienso en parar? Si paro de rodar, me aburro y me muero”. Esta era la respuesta de Manoel de Oliveira (Oporto, 11 de diciembre de 1908 – ibídem, 2 de abril de 2015), cuando con más de 100 años, continuaba filmando con la precisión y el detalle que caracterizaba su obra. Por muchos años fue conocido como el cineasta activo más longevo del mundo, pero más allá de la vitalidad del director, lo cierto es que la historia del cine portugués no podría ser reseñada sin la presencia de Manoel de Oliveira, su director más prolífico y prestigioso.

Dirigió 60 títulos durante sus 106 años de vida (realizando el grueso de su obra después de cumplir 60 años). Fue considerado de culto y al mismo tiempo fue premiado en los mejores festivales del mundo. También fue condecorado con la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes de Madrid y con las insignias de gran oficial de la Legión de Honor francesa.

Manoel de Oliveira estuvo presente en cada momento relevante del cine de Portugal: en sus inicios participó en los años de la era silente como actor en películas como Os Lobos (1923), profesión que siguió ejerciendo, incluso participó actuando en la primera película sonora rodada en el país, A Canção de Lisboa (1933) de Cottinelli Telmo y continuaría apareciendo en sus propios trabajos.

En 1930 realizó su primer trabajo como director Douro, faina fluvial, un corto documental sobre el trabajo de los pescadores de las orillas del río Duero. Después de varios cortometrajes, en 1942 dirigió el largometraje Anki Bobó, relato sobre un grupo de chicos de las calles de Oporto, considerado precursor del neorrealismo italiano. Este resultó un desastre en taquilla, que ocasionó que el director se concentrara en negocios familiares y no tuviera financiamientos gubernamentales. “Tuve tiempo para una reflexión larga y profunda sobre la naturaleza artística del cine”, dijo en una entrevista con The New York Times en 2008.


Hasta 1956 dirigió O Pintor e a Cidade, donde cambiaría el rumbo de su lenguaje audiovisual y su estética, dando prioridad a largos planos y a una puesta en escena más teatral.

Oliveira también vivió en carne propia la dictadura de António de Oliveira Salazar, época en la que perdió la posibilidad de acceder a subvenciones gubernamentales y sufrió censura, siendo arrestado 10 días por la PIDE (Policía Internacional y de Defensa del Estado) debido a algunos de los diálogos de su mediometraje A caça (1964). Por lo anterior, los trabajos de Oliveira de esos años se limitan a mediometrajes y documentales como Acto da Primavera (1963), As Pinturas do Meu Irmão Júlio (1965), entre otros.

En 1963 presentó Os Verdes Anos de Paulo Rocha, una producción que retrata dos clases sociales predominantes en Portugal: una clase conservadora y burguesa y otra limitada por el nivel educacional. Con esto, iniciaría el Novo Cinema portugués, del cual Manoel de Oliveira también fue parte.

Además del Novo Cinema, gracias al fin de la dictadura de Salazar con la Revolución de los Claveles en 1974, se entró en un nuevo periodo creativo. Oliveira filmó una serie de películas donde el tema del amor frustrado fue importante y entre los filmes presentados en esos años se encuentran: O Passado e o Presente (1972), Benilde ou a Virgem Mãe (1975), Amor de Perdição (1978), Francisca (1981) y Le Soulier de Satin (1985), con la cual ganaría el Premio Sergio Trasatti en el Festival Internacional de Cine de Venecia. Así comenzaría la etapa internacional del director lusitano, además que casi todos sus largometrajes estarían basados en obras literarias.

A partir de 1990 de Oliveira tuvo una época sumamente prolífica, ya que filmó prácticamente una película por año como A divina comédia (1991), que obtuvo el Gran Premio Especial del Jurado de la Muestra de Venecia o Dia do desespero (1992), que obtuvo el Leopardo de Honor en el Festival de Locarno.

Además, realizó películas protagonizadas por famosos actores como O Convento (1995), película en francés, inglés y portugués estelarizada por Catherine Deneuve y John Malkovich, su primera película estrenada en Estados Unidos o Viagem ao Princípio do Mundo (1997), protagonizada por Marcello Mastroianni (última actuación de Mastroianni), como alter ego de Manoel de Oliveira: un director sabio y envejecido llamado Manoel que recuerda su pasado mientras viaja en coche por Portugal. Terminó el siglo XX con A carta (1999), ganadora del Premio del Jurado en el Festival de Cannes.

En 2001 estrenó Je Rentre à la Maison, una reflexión sobre el envejecimiento protagonizada por Michel Piccoli, Deneuve y Malkovich y en 2006 Belle toujours, un homenaje de Belle de jour de Luis Buñuel, protagonizada por Piccoli.

Oliveira dijo que su meta era la simplicidad: “Busco claridad en mis películas para que los pensamientos más profundos puedan ser más fácilmente percibidos”. Quizá el director alcanzó su meta en O Gebo e a Sombra (2012), último largometraje protagonizado por Michael Lonsdale, Claudia Cardinale y Jeanne Moreau, una película con limitados movimientos de cámara que evocan más a una pintura que cobra vida.
En 2008 cuando cumplió 100 años, le concedieron la Palma de Oro en el Festival de Cine de Cannes por todo su trabajo, pero eso no significó que el director tomaría un descanso. Entre 2010 y 2014 dirigió una serie de cortometrajes, además de varios largometrajes. En 2010, con 102 años de edad, filmó O Estranho Caso de Angélica, un drama pensado para 1942 pero que terminó modernizando con problemáticas actuales como la crisis financiera global y el cambio climático.

En abril de 2014 rodó su último filme, el cortometraje O velho do Restelo, protagonizado por Luís Miguel Cintra, Diodo Dória y Ricardo Trêpa. Oliveira lo describió como “una reflexión sobre la humanidad”.

El gobierno declaró dos días de luto por la muerte del director lusitano, que siempre será recordado por poner en la mira a Portugal en el mapa del cine mundial.


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