Insurrectos por Hiena

Terremoto de Mangua el 31 de marzo del 1931

Managua después del terremoto

U.S. Marines levantando la bandera Sandinista en 1932

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Diversos documentos, investigaciones y textos relacionados a la historia del cine en Nicaragua difieren sobre su origen. Como suele suceder en estos casos, se trata de un problema más semántico que cronológico. Algunos lo ubican a finales del siglo XIX, con la presencia del primer cinematógrafo en este país centroamericano, el cual llegó en el baúl metálico de un mexicano; otros, los más estrictos en definiciones sobre qué es o qué no es el cine “nacional”, hablan del inicio de la década de los 50 del siglo pasado como el posible comienzo de la tradición fílmica nicaragüense.

La exuberancia cultural y los sincretismos presentes en gran parte de los países en América Latina, condujeron, a finales del siglo XIX, a varios aficionados franceses a capturar y filmar los exóticos paisajes y postales que ofrecía la cotidianidad centroamericana. Estas llamadas “visitas” se convirtieron en los primeros testimonios fílmicos de países como Nicaragua, como un pequeño ejercicio titulado literalmente como Muchachas de Centroamérica vestidas para fiestas de domingo (1897).

A la par de otras regiones del mundo, las proyecciones de imágenes en movimiento, sin ninguna narrativa o concepto más allá de lo capturado en la inmediatez, comenzaron a adquirir popularidad en el público nicaragüense, sin importar clase o poder adquisitivo. La primera de éstas –una simple proyección de escenas naturales– se realizó en 1890 en el Teatro Castaño, en Managua, con un cinematógrafo Lumiere.

Más adelante, las temáticas comenzaron a variar, presentando historias más cercanas al día a día de la audiencia, pero con matices burlescos y un tanto provocativos, como El casamiento del hijo del diablo o El corazón más fuerte que la razón, por mencionar las más populares.

Como cualquier fenómeno cultural aceptado por las mayorías, el cine se institucionalizó con la fundación de la Academia Cinematográfica Nicaragüense en 1925, la cual tomó la batuta en la exhibición de proyectos cinematográficos, así como en la formación de actores y realizadores en el país. Dicha academia llegó incluso a crear un reconocimiento especial, el Premio Nacional de Cinematógrafos, gesto quizá algo prematuro tomando en cuenta la poca o nula madurez del cine en Nicaragua, pero importante por ver, en ese momento, el verdadero potencial que tenía esta industria.

 

El panfleto audiovisual y un terremoto que retumba en la pantalla

 

La polarización política mundial alcanzó, inevitablemente, a Nicaragua. La ocupación norteamericana de 1912 llegó tener ecos casi dos décadas después, en 1927 y 1928, años en los que se desataron numerosos combates en el país entre la resistencia nicaragüense –en ese momento encabezada por Augusto César Sandino– y el ejército de ocupación.

Esta nueva intervención fue apoyada, en gran parte, por propaganda audiovisual, resultado del material fílmico recopilado por técnicos y camarógrafos que acompañaban a la marina estadounidense. En estas proyecciones se justificó el ataque y se presentó como una ayuda necesaria, un respiro a una nación en decadencia, incivilizada, como la de Nicaragua; un modus operandi, al fin, que se volvería a emplear en el futuro en otras latitudes de interés para Estados Unidos.

La inestabilidad política del país tuvo un cruel reflejo natural en 1931 con un terremoto que destruyó casi por completo Managua, capital de Nicaragua. Los marines norteamericanos salieron a las calles después de la tragedia para documentar sus estragos: edificios destruidos, la orfandad del habitante que veía su hogar reducido a escombros, el hambre, caos y el éxodo de una ciudad entera. El testimonio visual y auditivo –el cine sonoro llegó al país un año antes de este suceso – tuvo un impacto fuerte en la población local, convirtiéndose, más adelante, durante la recuperación, en una de las formas de entretenimiento más concurridas en todo Nicaragua,

Algunas películas hollywoodenses llegaron a Nicaragua durante la década de los 40 del siglo pasado, destacando aquellas en las que participó la actriz managüense Lillian Molieri, recordada por su papel en Anna and the King of Siam (1946). El resto de las salas, proyectaba otro tipo de cine, nacional, con intenciones que iban más allá del entretenimiento.

En la próxima entrega de esta serie de artículos sobre el cine en Nicaragua, hablaremos sobre una época de creatividad subyugada por una dictadura, sobre la primera cinta oficialmente nicaragüense y respecto a una lucha armada, en apariencia, interminable.

 

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