Consignas sandinistas contra revolución

Campañas de alfabetización sandinistas

Imagen del Instituto Nacional de Cine

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Lo más cercano a un llamado cine nacional en Nicaragua surge en esa época con el trabajo de, irónicamente, un extranjero: León Aníbal Rubens, argentino que fue contratado por Anastasio Somoza García, presidente de Nicaragua de 1937 a 1947, y posteriormente director de la Guardia Nacional, para crear una imagen positiva del país a través de los llamados “noticieros”, que no son más que documentales maniqueos que ocultaban la realidad del país, enfocándose en vanagloriar descaradamente a la figura Somoza y a su linaje, como en La Guardia Nacional de Nicaragua patentiza al jefe del estado su admiración y completa solidaridad o Así es Nicaragua.

Todas las producciones de este tipo surgieron de la productora Nica Films, fundada por el mismo Somoza, la cual, con ayuda de Aníbal Rubens, compró equipo que desecharon estudios norteamericanos para utilizarlos en sus producciones. Al poco tiempo, las pretensiones de hacer largometrajes de ficción más robustos se vieron sepultadas por cuestiones presupuestales, llevando a Nica Films a la bancarrota sin lograr publicar ninguna película, más allá de los “noticieros” propagandísticos.

Fue hasta 1958 cuando se comenzó a filmar la primera producción nicaragüense como tal, una obra del dramaturgo Benjamín Zapata, El Nandaimeño (1960), inspirada en la canción del cantautor y también hermano del director, Camilo Zapata. La película fue protagonizada por Juanita Sacasa, considerada formalmente como una de las primeras actrices de cine del país. El largometraje de 123 minutos — extenso para su tiempo — , se exhibió por primera vez en la Casa del Obrero en Managua.

 

Décadas de autopromoción

Después del estreno de El Nandaimeño, no hubo otra película nicaragüense de ficción hasta casi veinte años después. Todo lo que se produjo en este extenso intermedio se resume a documentales que enaltecieron el gobierno y las acciones de Somoza, un reflejo atroz de la inmovilidad política del país en ese momento.

El triunfo de rebelión sandinista sobre la dictadura de Anastasio Somoza Debayle, hizo posible la creación del INCINE, tomando como antecedente más inmediato la filmación de las batallas por parte de corresponsales extranjeros que iban de la mano de los rebeldes, como el camarógrafo Ramiro Lacayo, los puertorriqueños Emilio Rodríguez y Diego de la Texera, además del mexicano Adrián Carrasco.

Una de las productoras con mayor renombre durante la dictadura de Somoza fue Producine, del mexicano Felipe Hernández. Con el triunfo sandinista, la compañía fue expropiada y se convirtió en el INCINE, con el fin de reeducar a la población a través de narrativas cinematográficas meramente nacionales, rechazando cualquier producción norteamericana, llevando el séptimo arte a las poblaciones más recónditas del país por medio de unidades móviles, imitando al pie de la letra el modelo cubano.

La fundación del Instituto Nicaragüense de Cine (INCINE) en 1979 marcó la pauta de un nuevo comienzo para el cine del país. Con el tiempo, la rebelión tuvo que adoptar uno de los mecanismos de divulgación que sus antiguos verdugos empleaban: “los noticieros”. Evidentemente, los motivos serían otros, más apegados a los valores de la rebelión sandinista. Se produjeron alrededor de unos 50 de estos documentales breves, pilares en esta renovada corriente cinematográfica en Nicaragua, como Victoria de un pueblo en armas (1980), de Berta Navarro, Jorge Denti y Carlos Vicente Ibarra,  que abordaba temas como la insurrección, el intervencionismo estadounidense, a la vez que se convirtieron en la escuela en la que los realizadores del futuro asimilaron rápidamente todos los procesos de producción de cine.

Durante esta época, resaltan producciones como País pobre, ciudadano pobre (1981), de María José Álvarez; La brigada cultural Iván Dixon (1982), de Rafael Vargas Ruiz; Managua de sol a sol (1982), de Fernando Somarriba; Nicaragua, un país que se descubre (1983), de Emilio Rodríguez; La otra cara del oro (1981), de Rafael Vargas y Emilio Rodríguez, y Bananeras (1982), de Ramiro Lacayo, entre otras más.

 

Un Oscar para la revolución

El director chileno Miguel Littín llega a Nicaragua, atraído por el bullicioso e interesante imaginario que proyectaban los noticieros sandinistas, y crea su largometraje Alsino y el Cóndor (1982) –el primero a color del país– coproducción entre México, Cuba y Costa Rica, que narra la historia de Alsino, un niño que vive con su abuela y que se ve envuelto en la guerra. Littín logró captar, a través de una mirada infantil, la crueldad visceralidad de una fuerza intervencionista que denostó a la insurgencia a un nivel inhumano, valiendole una nominación al Oscar como Mejor película en lengua extranjera, y convirtiéndose en la primera y única película nicaragüense en contender en los premios de la Academia.

Aunque varios directores nicaragüenses habían abordado el género documental, ninguno tenía experiencia con la ficción, principalmente porque ésta requiere un mayor presupuesto y otros factores de producción que elevan los costos enormemente.

El primer director nicaragüense que asumió el reto de rodar un largometraje de ficción fue Ramiro Lacayo, con El espectro de la guerra (1987), coproducida por España, México y Cuba. Como su nombre lo sugiere, la película no se aleja de la temática preponderante en el cine del país (y, lamentablemente, de su realidad): la guerra. Las intenciones de un joven nicaragüense de convertirse en bailarín profesional se ven afectadas por el llamado al servicio militar, del que parte directamente al combate contra los rebeldes. Una herida en la pierna destruye sus sueños, y se convierte en la metáfora de una nación que intenta levantarse pero cae a cada momento por culpa de los conflictos armados.

 

Lejos de disiparse, la guerra se vuelve el tema central de las películas en Nicaragua durante los siguientes años. Así lo muestran producciones como Manuel (1984), de Rafael Vargas Ruiz; Nunca nos rendiremos (Que se rinda tu madre) (1984), de Fernando Somarriba, y el Esbozo de Daniel (1984) de Ramiro Lacayo y Mariano Marín.

 

El presente mostraría un rostro diferente del cine nicaragüense, más conciso pero sin dejar atrás la convulsa historia del siglo XX. Las mujeres jugaran un papel importante en la industria durante esta época, siendo las que toman la batuta para producir un “cine a lo zurdo”, como sugiere la documentalista y cineasta Tania Romero, perteneciente a esta generación contemporánea de realizadores que exploraremos en la tercera parte de estas entradas sobre el cine en Nicaragua.

 

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