Esta idea inició hace muchos años. Supongo que uno tiende inconscientemente a hacer lo que le gusta ver y lo que aún no ha visto. Hacia el año 2007, viviendo en Valledupar y escuchando las historias de muchos, despertó el deseo, como productora, de realizar una gran película de gánsteres. Yo ya había participado en una de ellas; había conocido de primera mano las historias del narcotráfico posterior, el de los años ochenta, mientras rodaba en el año 2000 en Medellín Sumas y restas, de Víctor Gaviria, director al que admiraba entonces y admiro ahora. También, debo decirlo, me rodeaba un sinsabor respecto al tema. Había un cliché en el ambiente respecto a lo inconveniente que era que el cine tocara esos temas, incluso con una frase de cajón que se repetía a pesar de su falsedad: “Estamos cansados de que todas las películas colombianas sean sobre narcotráfico”, nada más falso. Lo que sí sentía era que aún no lográbamos conectarnos, generar empatías con esos personajes, con esas historias, y que seguramente el día que hiciéramos una gran historia, como El Padrino, ya no habría necesidad de seguirlo intentando y podríamos disfrutar el género, así como el mundo ha disfrutado por décadas del cine de gánsteres sin el tabú moral. La historia de la bonanza no se parecía a nada que supiera previamente del narcotráfico, se parecía a las historias que había escuchado y visto en ese cine. El contexto en el que se desarrolló y las guerras de clanes que devastaron, con venganzas establecidas bajo estrictos códigos de honor, a las diferentes familias de la costa colombiana me conectaban directamente, desde El Molino, Distracción, Dibulla, Valledupar y Santa Marta, con ese mundo de la mafia siciliana, explorado en el cine clásico norteamericano. Así arrancó todo, con un deseo de productora. Luego de varios años, Ciro se sumó a la idea como director y empezó el proceso de escritura. Sabíamos el peligro de contar una historia en un género tan explorado, y muy temprano nos dimos cuenta de que la película iba a ser diferente si lográbamos contarla desde esa perspectiva femenina, muy a tono con la sociedad wayuu, que sería el centro de nuestra historia. -Cristina Gallego

Pájaros de verano
María Camila Arias, Jacques Toulemonde, sobre una idea original de Cristina Gallego

Esta idea inició hace muchos años. Supongo que uno tiende inconscientemente a hacer lo que le gusta ver y lo que aún no ha visto. Hacia el año 2007, viviendo en Valledupar y escuchando las historias de muchos, despertó el deseo, como productora, de realizar una gran película de gánsteres. Yo ya había participado en una de ellas; había conocido de primera mano las historias del narcotráfico posterior, el de los años ochenta, mientras rodaba en el año 2000 en Medellín Sumas y restas, de Víctor Gaviria, director al que admiraba entonces y admiro ahora. También, debo decirlo, me rodeaba un sinsabor respecto al tema. Había un cliché en el ambiente respecto a lo inconveniente que era que el cine tocara esos temas, incluso con una frase de cajón que se repetía a pesar de su falsedad: “Estamos cansados de que todas las películas colombianas sean sobre narcotráfico”, nada más falso. Lo que sí sentía era que aún no lográbamos conectarnos, generar empatías con esos personajes, con esas historias, y que seguramente el día que hiciéramos una gran historia, como El Padrino, ya no habría necesidad de seguirlo intentando y podríamos disfrutar el género, así como el mundo ha disfrutado por décadas del cine de gánsteres sin el tabú moral.

La historia de la bonanza no se parecía a nada que supiera previamente del narcotráfico, se parecía a las historias que había escuchado y visto en ese cine. El contexto en el que se desarrolló y las guerras de clanes que devastaron, con venganzas establecidas bajo estrictos códigos de honor, a las diferentes familias de la costa colombiana me conectaban directamente, desde El Molino, Distracción, Dibulla, Valledupar y Santa Marta, con ese mundo de la mafia siciliana, explorado en el cine clásico norteamericano.

Así arrancó todo, con un deseo de productora. Luego de varios años, Ciro se sumó a la idea como director y empezó el proceso de escritura. Sabíamos el peligro de contar una historia en un género tan explorado, y muy temprano nos dimos cuenta de que la película iba a ser diferente si lográbamos contarla desde esa perspectiva femenina, muy a tono con la sociedad wayuu, que sería el centro de nuestra historia.

-Cristina Gallego

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