El cine en El Salvador

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El cine en El Salvador

El cine en El Salvador

Blog Trayecto23

Jorge Vital

El desarrollo de la cinematografía en cada país depende directamente de las dimensiones sociales, culturales y económicas que distinguen a una época. Para el cine latinoamericano la historia da cuenta de una multiplicidad de casos que ejemplifican lo anterior; si bien cada uno presenta particularidades según su contexto, también gran parte de ellos comparten aspectos que en suma ofrecen una pista para hacer posible una aproximación con todo aquello que articula de manera continua la identidad latina en el cine.

En la región centroamericana el séptimo arte salvadoreño ha mostrado una cronología contrastante en la que se han contado historias y manifestado destellos del progreso de la creación artística. Sin embargo, debido a la falta de legislaciones, espacios de formación y experimentación profesional ha habido una ausencia de comunidad cinematográfica. Así, de forma intermitente, el cine salvadoreño ha llegado al siglo XXI con nuevas generaciones que han buscando superar las dificultades de aquellos que estuvieron antes de ellos.

Primeros años

Justo a un año del comienzo del siglo XX, las primeras vistas del cinematógrafo llegaron a El Salvador. Seis años después, en 1905, comenzaron a realizarse tomas en la ciudad de San Salvador y finalmente en 1917, Erupción del Volcán de San Salvador se convirtió en el primer largometraje al documentar la catástrofe natural y ser exhibido en el Teatro Principal. Más tarde, entre los pioneros de la época se encontraban los italianos Virgilio Crisonino y Alfredo Massi, quienes en 1930 realizaron Las águilas civilizadas, la primera ficción de larga duración en la que se cuenta el romance entre una campesina y un joven que vive en la ciudad. Ese mismo año, Massi emprendió un nuevo proyecto que nombró Lorotone: un noticiero que reunió una serie de aspectos filmados en la región y que posteriormente orientaron al entonces presidente Maximiliano Hernández a reconocer en el cine una nueva herramienta para hacer propaganda de su gobierno, de modo que entre entre las acciones que llevó a cabo para beneficiarse de ello fue la reducción de los impuestos de importación de equipo; sin embargo, no se impulsó ningún esquema legal para incentivar la producción fílmica en el país.

Además de la documentación de las actividades de la agenda presidencial, Lorotone fijó su atención en filmar eventos relacionados con el ámbito militar, tal como Catorce aviones de la Fuerza Aérea; también respecto a las contiendas deportivas como en Terceros Juegos Deportivos de Centroamérica y del Caribe. Por otro lado, las producciones se interesaron en reunir imágenes de los desastres naturales como en Gran catástrofe del 7 de junio de 1934, y finalmente se realizaron breves filmaciones sobre algunos festejos populares.

Poco a poco nuevos exponentes, entre los que destacó Juan José Salazar Ruíz, se fueron sumando al reducido grupo de realizadores que, a la par de los extranjeros asentados en el país, experimentaron con la narración cinematográfica de manera empírica. En la década del 50 por primera vez la conformación de una industria de entretenimiento se convirtió en el objetivo principal de algunos empresarios como Julio Subiyaga, quien fundó la Compañía Cinematográfica Salvadoreña y buscó el éxito de taquillas a través de coproducciones internacionales como The Black Pirates (1955), del norteamericano Allan Miller, después Cinco vidas y un destino (1957), dirigida por el mexicano José Baviera, y casi una década después Solo de noche vienes (1966), del también mexicano, Sergio Vejar. Pese a los continuos esfuerzos las películas no lograron imponer relatos auténticos ni proponer nuevas rutas narrativas al copiar modelos de ficciones estadounidenses; tampoco redituaron la inversión ni obtuvieron el reconocimiento del público y la crítica.

Medio siglo de cine en El Salvador

En los años cincuenta surgió una nueva generación de personajes interesados en el cine, entre ellos Alejandro Cotto, quien como primer ejercicio fílmico amateur realizó Festival de Suchihoto (1950), donde reunió algunas tomas de la celebraciones populares en esa demarcación. Un año después filmó Sinfonía de mi pueblo (1951), también referente a la vida cotidiana del municipio. En 1959, después de estudiar en México, Cotto dirigió Camino de esperanza, un documental que realizó por encargo de Coralia de Lemus, entonces Primera dama salvadoreña, y aunque la cinta no fue del agrado del gobierno, puesto que en gran medida mostraba secuencias de barrios marginados, sí consiguió llamar la atención de productores extranjeros. Así, logró terminar El rostro (1961), en donde plantea una reflexión sobre el hombre y su relación con la tierra y, a diferencia de las producciones que le antecedieron, ésta consiguió reconocimiento internacional al presentarse en el Festival de Cine de Berlín.

También a mediados del siglo, José David Calderón incursionó en la escena con el documental Nuestra tierra (1950). Quince años más tarde fundó la productora Cinespot y, en 1969, finalizó Pasaje al Mundial, un largometraje sobre la clasificación de la selección nacional al torneo mundial de fútbol. El filme gozó de gran éxito en taquillas, contrastando la situación de la mayoría de los filmes de la época que no lograban convocar grandes audiencias. Sin embargo, cuando el realizador buscó experimentar con otras formas de narrativa como en Los peces fuera del agua (1969), no tuvo el mismo recibimiento que su antecesora. El largometraje cuenta la historia de Olivia, una mujer que padece amnesia y que escribe diariamente a un hombre que espera algún día vuelva.

Por su parte, el director y empresario Baltazar Polío, filmó Topiltzín (1975), un cortometraje experimental que buscó mostrar la perspectiva de la vida desde la mirada de un niño que vende periódicos. Al finalizar la filmación, el resultado solo fue presentado en algunos espacios universitarios y reducidos círculos culturales. En los años 70, con El negro y el indio (1977), Polío abordó el tema de las etnias y la marginalidad; el filme se presentó en el Festival de la Juventud y de los Estudiantes de La Habana en 1978, sumando un paso más en la internacionalización del cine salvadoreño.

Cine militante

Del 14 al 18 de julio de 1969 estalló un conflicto armado entre El Salvador y Honduras, mismo que coincidió con un encuentro deportivo en el que las selecciones de ambos países se enfrentaron por la clasificación a la Copa del Mundo de 1970, motivo por el que el enfrentamiento fue nombrado popularmente como la Guerra del fútbol. Aunque las causas reales de la tensión política entre las naciones vecinas provenían de la crisis de trabajo y escasez de tierras que experimentaban los campesinos salvadoreños, y de la que habían encontrado una solución al establecerse y trabajar en Honduras, muchos hondureños se expresaron inconformes y comenzaron a tomar medidas drásticas para desalojarlos, tal como lo hizo un grupo que era conocido como “Mancha brava”, que se encargaba de perseguir, acosar y asesinar a trabajadores del país vecino. La indiferencia del gobierno de Honduras ante la ola creciente de violencia contra los salvadoreños provocó la intervención de tropas de El Salvador, así, pelotones hondureños contratacaron. Finalmente, tras cuatro días de combate, la Organización de los Estados Americanos (OEA), logró la negociación del alto el fuego.

La situación no mostró síntomas de mejoría en los años siguientes, pues más allá de desarrollar una solución el país también enfrentó la imposición de poder del General Carlos Humberto Romero. Algunos sectores de la desesperada población vieron en la guerrilla una alternativa de reformar el panorama y los tiempos de desequilibrio social se prolongaron. Para entonces, la sobrepoblación, crisis laboral y lucha por la tierra se convirtieron en temas recurrentes de la cinematografía nacional a lo largo de los años 70 y 80, periodo en el que surgieron propuestas como el colectivo El taller de los vagos, que tiempo después se convirtió en Cero a la izquierda, un grupo de realización que reconoció como objetivo principal el de documentar y generar evidencia de los acontecimientos en medio de los años de conflicto. Entre los títulos que fueron cosechados se encuentra Zona intertidal (1980), de Guillermo Escalón, un cortometraje que denunció la represión contra los maestros. También Violento desalojo (1980), con la colaboración de Manuel Sorto, habla sobre el asesinato de un grupo de jóvenes civiles. A principios de los años 80, Morazán (1980) ofreció una visión sobre los hechos detrás de la organización de la guerrilla y las victorias que cobró el conflicto.

En la primera mitad de la década de 1980 se formó Radio venceremos, una colaboración de periodistas salvadoreños con algunos de sus colegas latinoamericanos, para continuar con el registro de los sucesos. De sus esfuerzos resultaron películas como Carta de Morazán (1982), un documento audiovisual en torno a la Batalla del Moscarrón y el desarrollo de la guerrilla en la zona oriental de El Salvador. Esta película se convirtió en uno de los primeros híbridos de cine y video en la región, al presentar material registrado en rollos de formato Super 8 y videocassettes. Entre los trabajos que le sucedieron se pueden mencionar Tiempo de audacia (1983), Tiempo de victoria (1988) y Diez años tomando el cielo por asalto (1989), tres producciones que narran a manera de crónica los años de enfrentamiento.

Nueva producción audiovisual

“La poca o ninguna producción fílmica en El Salvador
en la actualidad obedece a la soledad de los potenciales creadores”
Guillermo Escalón, cineasta salvadoreño.

En 1990, con la firma de un acuerdo entre los dos frentes regulado por la Organización de las Naciones Unidas (ONU), concluyó la época de la guerrilla salvadoreña. A partir de este punto, las películas cambiaron la perspectiva de registro documental por una inclinación de rescatar la memoria histórica. Entre los títulos destaca, La virtud de un santo (1997) dirigida por Noé Valladares, una adaptación del cuento “De porque San Antonio perdió su virtud”, de Salvador Salazar Arrúe, además de 1932: La cicatriz de la memoria (2000), de Jeffrey Gould y Carlos Henríquez Cosalvi, que retoma la denuncia de la masacre de campesinos que tuvo lugar en la tercera década del siglo XX. Sobre ese mismo acontecimiento, Ama, la memoria del tiempo (2000) bajo la dirección de Daniel Flores d’Ascensio, reúne testimonios para contar cómo sucedieron realmente los hechos y ahonda en la información sobre José Feliciano Ama, uno de los personajes que lideraron la insurrección campesina de 1932.

Por otro lado, también como parte de las producciones salvadoreñas del nuevo siglo, destaca Voces inocentes (2004), dirigida por el mexicano Luis Mandoki. En el largometraje se desarrolla una ficción situada en la Guerra Civil de El Salvador, ocurrida entre 1980 y 1992. En ese contexto se cuenta la historia de Chava, un niño de once años que enfrenta las dificultades de la lucha, al perder a sus amigos, especialmente cuando el ejército salvadoreño reclutaba niños a partir de los doce años para combatir. Además de obtener un cálido recibimiento por parte de la audiencia, fue premiado en algunos festivales como el River Run Film Festival, en Carolina del Norte y en los Premios Ariel, organizados por la Academia Mexicana de las Artes y Ciencias Cinematográficas (AMACC).

Aunque actualmente hay productores y realizadores salvadoreños, la escena cinematográfica local se ve limitada por varias razones que no han sido superadas desde hace años: Por un lado no se ha consolidado una comunidad de cineastas que refuerce la creación, difusión y comercialización de las películas, por ello tampoco es posible hablar de una industria fílmica activa.

Por otra parte, pese a que no se han implementado políticas culturales que generen un campo fértil para la actividad cinematográfica, algunos destellos del progreso se han dado a conocer, tal como el Primer Certamen Nacional de Video y la Muestra Internacional de Video, celebrados en 2003. También, el avance se sostiene en algunos espacios de producción y difusión que abre la Universidad de El Salvador, así como cineclubes como La Luna Casa y Arte, en donde se dan a conocer las propuestas audiovisuales emergentes. Finalmente, es importante subrayar la relevancia de la preservación de un archivo como memoria viva, para ello, el Museo de la Palabra y de la Imagen (MUPI), creado en 1990, se ha encargado de reunir materiales fílmicos y audiovisuales para su preservación y difusión. Así, a pesar del retroceso y los retos que se han interpuesto en el desarrollo de la cinematografía salvadoreña, los esfuerzos se mantienen y el ideal de conformar una identidad salvadoreña en la pantalla podría llegar pronto.

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