Historia del cine colombiano

Cine colombiano contemporáneo

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Blog Trayecto23

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Dos de los principales problemas que ha enfrentado el pueblo colombiano y que en las últimas décadas del siglo XX causaron mayor impacto, fueron por un lado la guerrilla, que remonta su origen a mediados del siglo pasado; y el narcotráfico, un tema que también ha sumado muchas pérdidas y ha afectado la estabilidad social y la seguridad en el territorio.

Eventualmente, la reestructuración política que se ha empeñado en hacer frente al conflicto, también afectó el curso de las vertientes sociales, culturales y económicas nacionales. Inmersa en este contexto, la cinematografía colombiana presentó cambios en el tratamiento de los temas en sus historias. Si bien, anteriormente algunos títulos destacaron las miradas críticas hacia el sistema político e hicieron del cine una herramienta de protesta, después se le contrapuso una crisis en los argumentos que manejaba, es decir; ya no era suficiente, ni mucho menos productivo, recurrir a los discursos maniqueístas del opresor y el oprimido. Había algo más que ver y contar, por lo que era perceptible la necesidad de generar un nuevo enfoque, una forma de narrar que abarcara la complejidad del contexto colombiano y una nueva construcción de personajes.

Por otra parte, uno de los eventos que marcó la historia del cine colombiano en los últimos años del siglo XX fue el cierre del FOCINE en 1992, con lo que el número de producciones colombianas que se producían anualmente se vio afectado. Esto obligó a los realizadores a asociarse con directores de otros países para acordar coproducciones o recurrir a la televisión, con formatos comerciales. No fue hasta 1997, con la creación de la Dirección de Cinematografía de Cultura y Fondo Mixto Proimágenes en Movimiento, que el cine colombiano recibió nuevamente apoyo estructural y financiero.

El nuevo perfil del cine en Colombia

La transición de los años noventa a la primera década del siglo XXI, implicó una dinámica en constante adaptación respecto a la producción, promoción y preservación del cine colombiano, a lo que resulta interesante conocer algunos de los ejemplos representativos de las características fílmicas de este periodo.

Tras el mencionado cierre del FOCINE, la cinematografía colombiana asumió las dificultades de hacer películas en el país, pero también vió en ese impedimento una pista para acercarse más a las historias que guardaba el pueblo de Colombia. Lo más destacable de este aspecto fue que, a pesar de no producir películas en grandes cantidades, los filmes se hicieron sentir entre los colombianos y lograron un diálogo con el público.

Ejemplo de lo anterior recae en algunos títulos que marcaron el fin de siglo, aportando nuevos estilos en la narración y en la construcción de imágenes, además de haber generado un notable impacto en las audiencias. Uno de estos filmes fue Cóndores no se entierran todos los días (1984), de Francisco Norden, que desde la década de los ochenta ya perfilaba aquella línea argumental encaminada al desglose de la vida política y cultural. La película está inspirada en una novela homónima del escritor Gustavo Álvarez Gardeazábal y aborda el tema de la etapa de continuos choques armados, conocida como “La violencia”, en la que era frecuente la participación de asesinos a sueldo llamados “Pájaros”.

Seis años más tarde se estrenó Confesión a Laura (1990), dirigida por Jaime Osorio. La película enuncia en sus primeras líneas: “…en Colombia ha estallado una revolución, fue como una pesadilla de horror, el asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, candidato a la presidencia de la república, produjo el estallido de la revuelta. Asaltos, agresiones, crímenes, venganzas, un arrebato incontenible de frenético pudor que se agiganta..”. El filme comienza con un corte documental que abre paso a la historia de ficción insertada en ese contexto que vivió el país a partir de 1948, algo que era familiar y un tema de discusión recurrente en los barrios.

El mismo año se concluyó otro filme importante en la definición de esta postura narrativa, Rodrigo D. No Futuro (1990). En este, el cineasta Víctor Gaviria retrató algunos espacios de los barrios marginados de Medellín, relatando la historia de un grupo de jóvenes que pertenecen a una comuna y se enfrentan a las condiciones marginales de su entorno. Cabe mencionar que esta producción fue la primer película colombiana escogida para la Selección Oficial del Festival de Cine de Cannes.

Así durante la década, se presentaron títulos cada vez más interesados en explorar el tejido social y acercarse a los relatos que desde ahí eran producidos. A casi cinco años de que terminara el primer siglo de vida del cine en Colombia, la idea de hablar sobre lo colombiano y desde lo colombiano parecía estar más completa. La estrategia del Caracol (1993), de Sergio Cabrera y La gente de la Universal (1991), dirigida por Felipe Aljure, dieron cuenta de la labor imprescindible en el desarrollo de personajes con estas nuevas características. En la primera, los personajes fueron tomados de un hecho real para adaptarlos a la ficción, mientras que en la segunda, estos se inscribieron en una trama de comedia negra, un género que destacó en las películas de esta época y se basó en circunstancias reales e irónicas para atacar valores socialmente establecidos.

En 1998, el público colombiano conoció una de las historias del cine más recordadas hasta la fecha: La vendedora de rosas, bajo la dirección de Víctor Gaviria. Lo interesante del segundo largometraje de Gaviria fue la manera en la que se aproxima a la realidad vivida bajo la exclusión social y la violación de derechos que sufren algunos grupos, específicamente el de unos niños en situación de calle. La película es la muestra de un cine comprometido con su comunidad y con el objetivo de dar difusión y veracidad a las imágenes que presenta sobre la violencia, la degradación, el abuso, las drogas y la delincuencia. Destaca el uso de actores no profesionales, quienes aportaron su propia experiencia y su particular forma de ver el mundo para desarrollar el guion.

Cine del nuevo siglo

En el año 2000 se cumplieron 103 años de la existencia del cine en Colombia, tiempo en el que se desarrollaron diversos procesos de comprensión, adaptación y empleo entre los realizadores y el público. Sin embargo, el aprendizaje y el crecimiento en esta área parecen no cesar. El comienzo del siglo también se tradujo en un nuevo episodio en el que se tomó relevo de los esfuerzos realizados en los años noventa y se emprendió la tarea de contactar el pasado del cine en Colombia mediante películas que incluyeron las huellas de su historia.

Algunos relatos como los que se estructuran en La virgen de los sicarios (2000), del director suizo Barbet Schroeder y María llena eres de gracia (2004), dirigida por el cineasta norteamericano Joshua Marston, revelaron rasgos de la visión de realizadores extranjeros en cuanto al espectro social colombiano, que en estos ejemplos vuelve a plantear la violencia y las drogas como punto de partida en la narración. Por otra parte, El Rey (2004), de Antonio Dorado y El colombian dream (2005), de Felipe Aljure, hacen lo propio a partir de esos mismos temas.

Poco después, títulos como Perro come perro (2008), de Carlos Moreno, expone un relato sobre la mafia caleña, su ambición por el dinero y la venta de drogas. La historia cuenta con un par de personajes centrales, dos ex-policías que se convierten en sicarios y encaran una vida de asesinatos, amenazas y traiciones, por lo que se desenvuelven en un lógica que popularmente se reconoció en la frase “perro no come perro”. Hasta este punto, el narcotráfico comenzaba a ser un tópico reiterativo en el argumento de varios filmes.

La sangre y la lluvia (2009), del director Jorge Navas y El vuelco del cangrejo (2009), de Oscar Ruíz Navias, formaron parte de las producciones destacadas en la primera década del siglo XXI. Estos trabajos contaron con el apoyo del Fondo para el Desarrollo Cinematográfico, que surgió en 2004 gracias a la promulgación de la legislación colombiana, conocida como Ley del Cine, con el objetivo de captar recursos para la producción del cine nacional, su distribución y exhibición, además de fomentar programas educativos.
Es interesante señalar el alcance que tuvieron estos estrenos a nivel mundial, llegando a festivales como el Festival Internacional de Cine de Berlín, el Festival de Cine de Rotterdam, el Festival de Cine de San Sebastián y Sundance, entre otros.

Desde hace ocho años, al inicio de la segunda década del siglo XXI, el cine colombiano incorporó nuevos creadores a sus filas: guionistas, directores, actores, fotógrafos, músicos, etc. y en algunos casos, además de desenvolverse en la escena cinematográfica nacional, también habían participado en el medio televisivo. De esta forma comenzó a estructurarse una comunidad de artistas que poco a poco ha estrechado sus vínculos, factor que ha sido determinante en el crecimiento de la producción fílmica, en variedad de contenidos y formatos.

En 2010, con La sociedad del semáforo, de Rubén Mendoza, sale a la luz una nueva apuesta del cine nacional que se empeña en descubrir las entrañas de la sociedad colombiana a través de la ficción. El largometraje presenta la historia de un hombre que cree haber construido un dispositivo con el que puede controlar el tiempo que dura encendida la luz roja en los semáforos de la ciudad, para que los vendedores y mendigos puedan aprovecharlo. Además, Porfirio (2011), de Alejandro Landes, parte de un evento de la vida real: el secuestro de un avión efectuado por un hombre colombiano como reclamo de una indemnización que el gobierno no le otorgaba después de ser baleado por un policía.

Poco a poco se ha superado la creencia que apuntaba a que el oficio del cine era exclusivo del género masculino y han surgido títulos bajo la dirección y producción de mujeres, como Priscilla Padilla, directora de La eterna noche de las lunas (2013), un documental sobre el ritual de un grupo indígena en el que las niñas son encerradas tras su primer ciclo menstrual para aprender a ser mujeres en su soledad, tal como se menciona en la sinopsis de este filme. Destacan también Mateo (2014), de María Gamboa Jaramillo, y Ella (2015), dirigida por Libia Stella Gómez, por mencionar algunos trabajos que se han presentado en numerosos festivales alrededor del mundo y obteniendo reconocimientos en el marco de eventos como el Festival Internacional de Cine de Miami, el Festival de Cine de Dortmund, además de los premios otorgados por el FICCI, uno de los festivales más importantes en el país.

Nuevos realizadores, nuevos horizontes

Los últimos cinco años del cine colombiano podrían resumirse en la conceptualización de una palabra: Cambio. Múltiples reflexiones arriban a las pantallas como conclusión de un ejercicio humano que dicta un orden para pensarse, contarse y verse. Las nuevas generaciones del cine en Colombia se encuentran en una etapa en la que la reflexión y la conjugación de experiencias históricas de la cinematografía nacional es un punto de partida.

Películas que buscan un nexo entre el pasado y el presente destacan en las producciones más recientes, probablemente una causa de esto es la convivencia entre realizadores que han vivido distintas épocas y otros que apenas se integran. Algunas de las ficciones y documentales en los que se puede vislumbrar este aspecto son Los hongos (2014), dirigida por Oscar Ruíz Navia, y La semilla del silencio (2015), de Juan Felipe Cano. Estos relatos generan un trasfondo social que al mismo tiempo conviven con la prioridad de narrar historias universales que se adaptan a las condiciones de la industria.

Uno de los realizadores más prolíficos y reconocidos de la cinematografía colombiana contemporánea es Ciro Guerra, quien ha dirigido La sombra del caminante (2004), Documental siniestro: Jairo Pinilla, Cineasta Colombiano (2006), Los viajes del viento (2009), y su último trabajo El abrazo de la serpiente (2015). La película elabora una trama con la que es develada la identidad de una parte de Colombia poco conocida y afirma el papel del cine como un medio de exploración: La historia de un etnógrafo y su contacto con el miembro de una tribu amazónica con el que comienza el viaje en la búsqueda de una planta medicinal. Cabe mencionar que esta es la primer producción nacional en ser nominada en los Premios Óscar.

Finalmente, aquellos relatos que generan retrospectiva sobre los avances del cine nacional podrían ser representados en ¡Que viva la música! (2015), de Carlos Moreno, basada en la emblemática obra de Andrés Caicedo, uno de los miembros de el Grupo de Cali y en Todo comenzó por el fin (2016), por Luis Ospina, un documental que reúne las memorias de los aportes y el contexto en el que se desarrolló el grupo. Ambos ejemplos tienen en común el cuestionamiento a la temporalidad y la vigencia de algunos temas que en ese momento del siglo XXI fueron líneas de discusión, además de rescatar el legado de distintas generaciones y remarcar la importancia del archivo para entender la historia.
Como se ha mencionado anteriormente, el cine tiene entre sus cualidades un impacto en distintos ámbitos, ya sean sociales, políticos, artísticos o culturales, por lo que, mediante sus relatos, se logra dialogar con la realidad, e incluso puede construirla. Centrándose en esto, la cinematografía colombiana ha crecido y presentado obras con un imaginario cultural propio, en el que converge todo aspecto trascendental de su historia.
Hasta ahora suman más de cien años desde la primera experiencia cinematográfica en Colombia, tiempo en el que se ha experimentado el potencial narrativo de los filmes como noticieros, cuya única intención era informar. También se conocieron las posibilidades narrativas que el sonido aporta en las películas y hubo incursiones en los géneros de ficción y documental. Además, existió el sueño de una industria fílmica colombiana que relativamente tuvo éxito y después afrontó el fracaso. En resumen, el cine se ha vuelto un acompañante fiel en la vida de Latinoamérica y el resto del mundo.

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