El cine en Perú

Primeras narrativas

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Blog Trayecto23

Jorge Vital

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Perú, el cine más allá de la fantasía

Algo fascinante sucedió en Perú a finales del siglo XIX: el estruendo de las Cataratas del Niágara resonó hasta la región sudamericana gracias al fonógrafo, un invento estadounidense recién llegado, con la capacidad de capturar la esencia sonora de la naturaleza, los seres vivos y la manera en la que ciertos objetos producen eco. Ante dicho acontecimiento, los diarios de la época señalaron: “Para dentro de poco, ya no se necesitará derroche alguno de fantasía…”. Si bien, la emisión anacrónica del sonido proveniente de una fuente real causó gran impacto, poco después, el 25 de mayo de 1895, la Plaza de Armas de Lima fue el escenario que albergó la primera aparición del kinetoscopio, un aparato que permitió el uso de la luz, para proyectar figuras en movimiento. Ese día marcó el comienzo de la historia del cine en Perú.

Pronto las noticias en torno a la presentación del invento de Thomas Edison acapararon las páginas de los periódicos locales, además, esta nueva tecnología formó parte de los espectáculos populares que tuvieron lugar en ferias regionales, fomentando un contacto cercano con el público. Así, el kinetoscopio sumó diferentes destinos en su recorrido a lo largo del país y presentó las primeras vistas de paisajes peruanos, hecho que permitió conformar ineludibles referentes visuales del país. Con el tiempo, el entusiasmo de los espectadores fue en aumento, y la competencia tecnológica en el novedoso campo de la captura y proyección de imágenes mostraba vertiginosos avances. En 1887, la llegada del vitascopio dio origen a las proyecciones grupales, y ese mismo año el cinematógrafo Lumière fue presentado con la esperanza de ser un aparato que perfeccionará la calidad de las capturas logradas hasta el momento.

Un par de años más tarde, Ricardo L. Flores, uno de los precursores nacionales que experimentó con la fantasmagoría de las imágenes y miembro de la Sociedad Geográfica de Lima, impulsó el papel del cine como una herramienta científica, a través de sus posibilidades de registro documental. El principal objetivo de dicho uso fue el de contribuir a la supervisión de los derechos territoriales del país frente a las naciones vecinas, además de estudiar las cualidades y cambios geográficos que le permitieran a la administración del país, tomar mejores decisiones respecto a la construcción de rutas de comunicación, el aprovechamiento de recursos y tener un mayor control sobre asuntos de inmigración.

Las vistas cinematográficas de rutas selváticas y los sitios arqueológicos fueron destacadas como los escenarios más emblemáticos del Perú, forjando un sello identitario con títulos como Catedral de Lima (1899), que se empeñó en retratar la construcción arquitectónica y los eventos cotidianos ocurridos alrededor de ésta. También, Camino a La Oroya (1899) y Chanchamayo (1899) sirvieron como un recurso alusivo para que los habitantes limeños tuvieran una aproximación con los escenarios de provincia, que para algunos capitalinos resultaba desconocido.

Primeros indicios de una narrativa identitaria

El comienzo del siglo XX significó el surgimiento de las primeras organizaciones dedicadas a la producción y difusión de películas. En esta línea, la empresa Biógrafo Automático, fundada en 1904, bajo el mando del ciudadano español Juan José Pont, se planteó el objetivo de mostrar las vistas peruanas incorporando los acontecimientos noticiosos más comentados, tal como la inauguración de obras públicas e importantes vías de transporte. A lo largo de las giras de exhibición realizadas por la compañía, fueron proyectadas películas como Inauguración del tranvía eléctrico de Lima a Chorrillos, El Paseo Colón, así como Salida de la misa de San Pedro de Lima y La Plaza de Armas, todas sin fecha de registro.

El ritmo equilibrado y constante del desarrollo cinematográfico en Perú, permitió que surgieran los primeros filmes argumentales: Negocio al agua (1913), dirigida por Jorge Goitizolo y Federico Blume, así como Del matrimonio al manicomio (1913), de Fernando Lund y María Isabel Sánchez Concha, comedia en la que un escritor de nombre Edmundo Alamares se enamora de su prima, causando el descontento del hermano de la muchacha, quien golpea a Alamares hasta que pierde la razón y es internado en un manicomio. Sin embargo, logra escapar y se reencuentra con su amada para poner orden a sus vidas. Es durante este período que también surgen personajes destacados por su labor detrás de las producciones, tal como el camarógrafo Héctor Francq, además de Alfredo Polli, Raúl Orellana y Torres Porres, quienes sobresalieron como operadores fílmicos.

El cine se consolida como negocio

Una nueva vertiente del negocio fílmico despuntó también en aquella época, pues las carpas itinerantes que proyectaban películas, poco a poco fueron reemplazadas por las primeras salas de cine en Perú. Desde 1908, la Empresa del Cinema Teatro se mantuvo a la cabeza de esta partida comercial, de manera que la comercialización del cine como un espectáculo con sedes permanentes, permitió a las sociedades privadas detrás de la empresa, posicionarse como un monopolio que dominó el mercado fílmico nacional en los años consecutivos. Igualmente, la oleada de inauguraciones de recintos para el cine, abrió espacio para que en 1914, el Teatro Colón entrará en funcionamiento, convirtiéndose en uno de los centros de espectáculo más reconocidos y famosos por su capacidad masiva de alojamiento. Por otra parte, las batallas por los derechos de exhibición de las películas que se coronaban como los más grandes éxitos en Estados Unidos, era disputada por empresas nacionales como la Compañía Internacional Cinematográfica.

Primeros argumentos

En 1922 se estrenó el primer largometraje argumental peruano, Camino de la venganza, dirigida por Narciso Rada y Luis Ugarte, la película, también es conocida como Juanacha o La venganza del indio. Aquí se narran los abusos de McDonald, un poderoso administrador de minas que le causa la muerte a la esposa de un trabajador. El asesino consigue huir, pero no pasa mucho tiempo y es aniquilado por el viudo. Cinco años después, el realizador Ernesto Cornejo Villanueva presentó Luis Pardo (1927), un filme de acción, en el que no faltan persecuciones y algunas secuencias de peleas, además de la abundancia de personajes inmiscuidos en líos melodramáticos. Más tarde, algunos episodios de la vida de la amante de Manuel de Amat y Juniet, Virrey del Perú en el siglo XVIII, fueron relatados en La Perricholi (1928), una película dirigida por Enzo Longhi, que debe su título al sobrenombre con el que era conocida la mujer en cuestión.

Los abismos de la vida (1929), dirigida por Stefania Socha (con un argumento escrito por Julio Hernández), Mientras Lima duerme (1930) y Alma peruana (1930), ambas del chileno Alberto Santana; son algunas de las obras que caracterizaron a la cinematografía de los años veinte, época en la que la búsqueda del realismo permitió el tratamiento de nuevas narrativas de lo cotidiano y ayudó a generar un terreno fértil para el surgimiento de actores que transitaban con éxito del teatro al cine, tal como Teresita Arce y Mario Musseto.

Estado y cine, el inicio de una relación

Ya desde la última década del siglo XIX, el entonces Presidente de la Nación, Nicolás Piérola, mostraba interés en el cine al acudir a las funciones inaugurales y presentaciones de los aparatos de proyección. Sin embargo fue hasta 1919, tras el segundo periodo presidencial de Augusto Leguía, cuando la relación entre el Estado y el cine comenzó a perseguir fines propagandísticos. Dado que el mandatario buscó respaldar su permanencia en el poder, gran parte de la realización de filmes de breve duración estuvo enfocada a los actos presidenciales y poco a poco, encaminaron una idea que definió la participación del Estado como algo primordial en el desarrollo de la cinematografía nacional. Así, dicho postulado adquirió relevancia en el marco de la Primera Conferencia Hispanoamericana de Cinematografía, que tuvo lugar en Madrid en 1931, en donde se recomendó la formulación de disposiciones legales para asegurar la producción y proyección de materiales fílmicos de origen nacional. Sin embargo, a partir de la crisis económica mundial de 1929, el gobierno en turno comenzó a debilitarse hasta que, como consecuencia, terminó con la relación que había establecido con el séptimo arte.

El cine sonoro sorprende en Perú

En Perú, el sonido entabló diálogo con la imagen por primera vez en noviembre de 1929. La película Captain Swagger (1928), del cineasta norteamericano Edward H. Griffith fue proyectada en el Teatro Colón, haciendo gala de las nuevas posibilidades del sistema movietone en el cine, al sincronizar el sonido con las figuras a cuadro. La narración, incluye a Hugh Drummond, un piloto de la Primera Guerra Mundial, apodado Capitán Swagger, quien derriba a un soldado alemán en combate, pero rendido por su sentido de humanidad, decide ayudarlo para que ambos sobrevivan.

Ya en la década de los años treinta es presentado el documental La manifestación patriótica del 28 de mayo de 1933 (1933), sobre las movilizaciones militares efectuadas en torno a la Guerra Colombo-Peruana, con motivo de la disputa de territorios limítrofes. Poco tiempo después, se estrenó la primera ficción sonorizada del cine peruano: Resaca (1934), de Alberto Santana. Finalmente el sonido óptico surgió en Buscando olvido (1936), del realizador Sigifredo Salas:

La figura de Amauta Films

Durante los años subsecuentes, las actividades de producción y difusión fílmica en Perú obedecieron a una tendencia proliferante que, al final de la década, contabilizó un total de 450 estrenos exhibidos en poco más de 100 cines del país, gracias a empresas distribuidoras como las norteamericanas Paramount Pictures, United Artists y Universal Studios. También algunas compañías nacionales tomaron partido, tal como Pampa Films, UFA y Perú Selecciones. Así se movía el aparato cinematográfico de aquel entonces, y en 1939 la cantidad de espectadores osciló entre los ocho y medio millones, teniendo como puntos focales de concurrencia, las localidades de Lima y Callao. Para 1940, 11 millones de personas conformaban la audiencia peruana, y según la información recabada por Ricardo Bedoya, crítico de cine y académico de la Universidad de Lima, el número de salas incrementó a 242. Sin duda, fue una buena etapa en el desarrollo del cine.

Entre las compañías más productivas en aquella época se encontraban Huascaran Films y Cinematografía Heraldo, sin embargo, Amauta Films, fue una de las empresas más sobresalientes por su misión de imponer el idioma y las costumbres peruanas en la pantalla, es decir, imprimir la identidad peruana en la cultura del cine. La empresa originada en Lima en 1937, por iniciativa de Felipe Varela la Rosa, Alfonso Cisneros, Renato Lercari y Washington Varela, buscó ante todo, dar cuenta de los esfuerzos del cine nacional y mostrarlo a la comunidad internacional, además de hacer frente a los prejuicios sobre la mala calidad de las producciones en castellano, valiéndose de paisajes irremplazables y de íconos de la pantalla que establecieron vínculos con el público. De manera que logró cimentar un star system que fue conocido como Plantel Amauta, del que formaron parte personalidades como Carlos Revoredo, Edmundo Moreau, Esperanza Ortiz de Pinedo, José Luis Romero y Armando Guerrín, cada uno encarnando el rol de personajes arquetípicos.

Durante un período de actividad que comprendió de 1937 a 1940, Amauta Films realizó catorce películas en las que el planteamiento argumental consistía en abordar temáticas sobre el sufrimiento del pueblo y la incansable lucha que éste desempeñaba para sobrevivir en medio de condiciones de vida marginales. También la música folklórica fue un recurso elemental en estas producciones, haciendo gala de la tecnología de registro sonoro y de la participación de ciertas figuras musicales del momento. Entre los largometrajes producidos por Amauta Films, se encuentra La bailarina loca (1937), de Ricardo Villarán, una ficción con gran éxito taquillero, que contó con la participación de los histriones Alejo López y Mary López. Casi a finales de la década, el realizador chileno Sigifredo Salas dirigió una trilogía de películas situadas en escenarios rurales y urbanos, destacando ciertos contrastes de la vida en ambos contextos. La primera de estas producciones fue Gallo de mi Galpón (1938), en donde cuenta la historia de un lío amoroso en el que dos jóvenes, Andrés y Miguel, se disputan el cariño de una mujer campesina. Un día, al no ser correspondido, Andrés busca deshacerse de su compañero, culpandolo de robo. Ese mismo año, El guapo del pueblo (1938), contó con la participación de la cantante María de Jesús Vásquez, también conocida como la “Reina y señora de la canción criolla”, sumando múltiples números musicales a lo largo del filme.

Casi a finales de la década, en Palomillas del Rímac (1938) se relata la vida de un hombre que vive en una de las regiones marginales del país, gana el premio mayor de la lotería y se muda a un opulento barrio, sin embargo, no logra adaptarse a su nuevo estilo de vida, y orillado por la nostalgia, decide volver a su lugar de origen. En 1940 fue estrenada Barco sin rumbo (1940), también bajo la dirección de Sigifredo Salas. La película fue la última producida bajo el sello de Amauta Films, pues además de ser censurada por mostrar imágenes de un grupo de contrabandistas en la ciudad del Callao, la compañía y toda la industria del país enfrentaron a una crisis de producción que se prolongó durante los años cuarenta.

Sequía de los años cuarenta

Con el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, se presentó una escasez en la importación de celuloide, pues el poco material que llegaba a América Latina, era destinado a cubrir las necesidades de industrias más desarrolladas como la de Brasil, México y Argentina. Así, se extendió una crisis en la realización que también fue encausada por el dominio de películas estadounidenses y mexicanas que en ese momento vivían su apogeo comercial. Es en este punto que productoras peruanas como Nacional Films y la Asociación de Artistas Aficionados, en un intento de reanimar la producción local, estrenaron La Lunareja (1946), dirigida por Bernardo Roca Rey e inspirada en la etapa colonial de Perú, tomando como principal referente el libro antropológico Las tradiciones peruanas, escrito por Ricardo Palma.

Durante diez años, Perú no consiguió realizar largometrajes, pues la difícil situación orilló a la productoras a buscar un sustento económico a través del negocio de la exhibición, además de mantener una reducida producción de noticieros, documentales y cortometrajes. En 1944 una ley declaró como obligatoria la exhibición semanal de contenido nacional en los espacios públicos de proyección, no obstante, dicha legislación fue retirada cinco años después. Hacia la segunda mitad del siglo XX, el futuro de la cinematografía de Perú era incierto, pues aquel periodo de recesión parecía no terminar. Entonces sucedió algo importante que redireccionó el curso de la historia e hizo de los años siguientes, los mejores del séptimo arte peruano…

 

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