El mundo después de 1968

El mundo después de 1968

El mundo después de 1968

El mundo después de 1968

Blog Foco

Sorry, this entry is only available in European Spanish. For the sake of viewer convenience, the content is shown below in the alternative language. You may click the link to switch the active language.

Este año se cumple medio siglo desde que en 1968 una llamarada revolucionaria transformó la percepción de la vida en sociedad en muchos sentidos, por lo que resulta interesante reflexionar sobre qué fue de los ideales que unieron a miles en la lucha contra el autoritarismo, así como la evolución de los movimientos sociales que, aunque no conquistaron sus más grandes aspiraciones, sí emprendieron un proceso de transformación social que con el transcurso del tiempo ha cosechado logros importantes. Por un lado la defensa de la igualdad racial y sexual se manifestaron en  alternativas para concientizar a la población, además la efervescencia social de aquellos años también impulsó el cambio del rol femenino en la sociedad, pues avanzó paso a paso en su incorporación igualitaria a la vida cotidiana y comenzó un proceso de institucionalización con la aparición de ONGs y la apertura de nuevos debates sobre la sexualidad.

Finalmente algunas reformas educativas e industriales conformaron una coyuntura cultural que ha sido determinante en la organización obrera, pues durante los años sesenta, esta enfrentaron nuevas dificultades, tal como el ingreso de empresas extranjeras cada vez más reticentes ante alguna posibilidad de agrupación sindical. En consecuencia, las huelgas y otras formas de protesta se disminuyeron considerablemente a partir de la segunda mitad de la década del setenta. En contraste, casos como el del sindicato polaco Solidarnosc, conformado en 1980 por cerca de 10 millones de miembros, puso de manifiesto que el reclamo por la libertad de organización sindical de manera autónoma seguía latente.
Por otro lado, las protestas estudiantiles se debilitaron tras finalizar la década de los años sesenta, ya que en algunos casos la represión aumentó, como en la Universidad de Kent, en Ohio, Estados Unidos, donde grupos de jóvenes que expresaron su rechazo al conflicto bélico en Vietnam fueron atacados por la Guardia nacional, dejando un saldo de cuatro muertos. En otras latitudes, los estudiantes lograron conciliar un acuerdo con las autoridades. Ya en la primera década del siglo XXI, Daniel Cohn-Bendit, uno de los principales líderes estudiantiles en los sesenta, afirmó: Digamos que todo eso pasó hace ya tiempo; reeditar constantemente el debate de 1968 no nos llevará más lejos… el 68 cambió el mundo, nos guste o no, pero la sociedad de hoy es diferente y, por tanto, necesita un debate diferente.

Panoramas latinoamericanos después de los años 60

En Latinoamérica, las décadas consecuentes trazaron nuevas líneas para escribir la historia de dictaduras como la de Augusto Pinochet, en Chile (1973 – 1990); Aparicio Méndez, en Uruguay (1976 -1881); Hugo Banzer, en Bolivia ( 1971 -1978 y 1997 -2001); Manuel Antonio Noriega, en Panamá (1983-1989); Jorge Rafael Videla, en Argentina (1976- 1981). En la región fueron tiempos de represión y terrorismo de Estado, en los que las fuerzas al mando no permitían discursos alternos y controlaban los mensajes en los medios de comunicación y la actividad académica. La lucha que ahora se libraba en territorio latinoamericano respondió a las condiciones y necesidades económicas cambiantes, por ejemplo, un considerable número de países se empezaban a ver sumamente afectados por el pago de deuda externa, la región se permeó con decremento de salarios y empeoró la calidad de vida en reacción a la creciente inflación y desempleo.

En este contexto, el rol de los grupos obreros como protagonistas de luchas populares cambió frente al inminente auge de las empresas multinacionales dedicadas a la producción agrícola y control de la tierra. En consecuencia, se concretó la figura del campesino como asalariado agrícola, disminuyó la población en el campo y aumentó en las zonas urbanas. Un ejemplo de los cambios en el desarrollo del sector agrícola en los países latinos es Brasil, donde la oferta de empleos fue completamente insuficiente en las ciudades y zonas industrializadas durante los años ochenta, por lo que un gran número de personas regresaron al campo sin posibilidades de trabajo. Aunado a ello, surgieron nuevos movimientos como el Movimiento de los Trabajadores Rurales sin Tierra (MST) que, a través de manifestaciones masivas y audiencias con representantes del Estado, han trabajado por una reforma agraria que dé oportunidad a los campesinos brasileños.

Por su parte, los estudiantes latinoamericanos han enfrentado múltiples retos en distintos momentos durante la transición de siglo, que si bien no se han organizado en una lucha con protestas constantes, sí han tenido destellos importantes y consecuencias trascendentales. Un ejemplo memorable sucedió en Chile, pues entre 1967 y 1973 las manifestaciones por conseguir la autonomía universitaria y la consolidación de reformas académicas rindieron frutos y se cumplieron los objetivos. Sin embargo, cuando Augusto Pinochet asumió el poder los avances atribuidos a la unión estudiantil se vieron mermados por la fuerza represiva con la que el dictador y sus tropas intervinieron.

Hacia el norte, en territorio mexicano, el movimiento que aún estaba de luto por la masacre del 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas, consiguió concretar propuestas efectivas desde el Consejo Nacional de Huelga (CNH), que exigían la abolición de leyes que limitaran la libertad de expresión, el despido del Jefe de la Policía de la Ciudad de México, la liberación de los presos políticos y la indemnización para los familiares de los estudiantes asesinados durante los episodios de represión. Una semana después del atentado, la CNH pactó una tregua con el gobierno respecto a los puntos que señalaba, y a finales de 1968 el Consejo fue disuelto y cesaron las protestas.

En 1970, Luis Echeverría Álvarez tomó protesta como Presidente de México y en su búsqueda por recomponer la relación entre el Estado y el pueblo, tomó medidas específicas para intentar recuperar la simpatía popular, tales como destituir a los ocupantes de cargos que eran señalados como responsables de los hechos del 2 de octubre, además de gestionar la liberación de personas que fueron encarceladas durante los días más intensos de protesta.

Revolución cultural

Legado en la música y en las letras

A finales de los años 60, el ámbito artístico en el mundo ya avanzaba hacia nuevos horizontes que antes no había vislumbrado con nuevas inquietudes e intereses, el rock en Europa y Estados Unidos contribuyó al surgimiento de algunos géneros que ya no solo se definieron por un uso específico de instrumentación, ritmos y letras, también desarrollaron movimientos contraculturales como el Punk, por ejemplo, que emergió en medio de los años setenta con un discurso agresivo y de rechazo hacia el sistema político y capitalista.

Por su parte, la nueva canción latinoamericana estableció nuevas formas de tomar partido en la construcción de un mejor panorama social para los pueblos, en contra del imperialismo y la opresión. En 1972, La Habana fue sede del Encuentro de Música Latinoamericana, donde los artistas participantes concluyeron que los temas centrales de la nueva discusión se referían a la transformación de la relación entre la música y la revolución que tenía como contexto los problemas del colonialismo y la penetración cultural. Entre las voces que asistieron al encuentro se encontraba Víctor Jara, Vinícius de Moraes, Isabel Parra, Daniel Viglietti, Pablo Milanés, entre otros.

Así, hablar de la realidad de los pueblos, apreciar el pasado y rescatar la musicalidad particular de cada región fue prioridad en el transcurso de los años ochenta y los noventa, una época en la que la música contestataria no mantuvo la fuerza que tuvo en los sesenta, pero sí fue determinante en el reconocimiento de un crisol cultural inmenso y de un proceso constante de exploración y conciliación entre el pasado histórico y el presente de las sociedades latinoamericanas.

Otro punto que adquiere relevancia en torno al contexto artístico post-sesentas es el boom literario, sobre el que el escritor peruano Mario Vargas Llosa, uno de los protagonistas de esta escena de literatos destacados, comentó: “El ‘boom’ fue un movimiento no solo literario y cultural, sino político”. Unos de los aspectos cruciales en su surgimiento, fue la red de realizadores que se tejió entre exponentes de diferentes países, lo cual facilitó el acercamiento con la multiplicidad de ideas impresas que circulaban en la región. Si bien esta generación de letristas fundamentó su obra en el ideal de abordar las discusiones sobre la condición humana, a partir de su contexto político y social, en repetidas ocasiones eventos como el encarcelamiento del escritor cubano Heberto Padilla en 1971, causaron un debilitamiento en la libertad de expresión, aún así los ideales se mantuvieron vigentes.

Ejemplos del trabajo de algunos autores se deja ver en El obsceno pájaro de la noche (1970), de José Donoso, una novela que parte de la decadencia y la transformación de sentido de ciertos lugares históricos, como uno de sus temas transversales y que, al hacer mención del conflicto en Vietnam, se sitúa en un tiempo narrativo durante los años sesenta. También se encuentra Literatura en la revolución y revolución en la literatura (1970), una serie de ensayos por parte de Julio Cortázar y Vargas Llosa en el marco de los debates en torno al boom latinoamericano. A mitad de los setenta, Gabriel García Márquez publicó El otoño del patriarca (1975) una ficción que cuenta la vida de El Patriarca, un dictador anciano que hizo cuanto pudo para mantenerse en el poder y finalmente murió viejo y en soledad. Cuatro años después Dejemos hablar al viento (1979), escrita por Juan Carlos Onetti, ofreció a los lectores una historia que inspira la sensación de desilusión sobre ciertos ideales que representa en su personaje Medina y en la metáfora que establece en la ciudad de Santa María, en una posible alusión a Latinoamérica.

Cine

En el terreno cinematográfico, a partir de 1970 algunas producciones enfatizaron su interés por recurrir a un enfoque documental y concientizar lo político, ideales que consolidaron en textos como la Estética del hambre y Estética do sueño, de Glauber Rocha, Hacia un tercer cine, de Fernando “Pino” Solanas y Octavio Getino, y El cine imperfecto, del cubano Julio García Espinosa. En Uruguay, la Cinemateca del Tercer Mundo abrió un nuevo espacio para dar a conocer películas de corte militante.

En los años setentas la militancia del cine se perfiló en casos como el surgimiento en Argentina del Cine de la Base. Un grupo de distribución creado en 1973 por Raymundo Gleyzer, que buscó filmar y proyectar contenidos de crítica social en los barrios y facultades universitarias. La dinámica consistía en abrir un debate después de ver la película para aproximarse a la concepción del cine como un detonante del cambio social. Otro ejemplo, proviene del caso cubano en 1979, año en el que por primera vez en la Habana se celebró el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano.

En aquellos años, la cinematografía mexicana cosechó propuestas que reflejaban algunos aspectos de la identidad latina y las nuevas batallas que se sumaron a su contexto, por ejemplo de la mano de películas como El castillo de la pureza (1973), de Arturo Ripstein, una historia en la que un padre de familia de nombre Gabriel Lima, mantiene encerrados a su esposa e hijos, con la idea de salvarlos de un mundo en decadencia. Tres años después, Canoa (1976), de Felipe Cazals, narró un relato basado en hechos reales, en el que un grupo de jóvenes en su camino a escalar La Malinche en el estado de Puebla, México, son confundidos con radicales comunistas y terminan linchados en medio de los días de caos y desconcierto en 1968. Otro de los personajes destacados del cine nacional durante la época fue Jorge Fons, que en 1976 estrenó Los albañiles, un largometraje en torno a la marginalidad que resalta en los hallazgos de la investigación sobre el asesinato de Don Jesús, un velador de obra negra.

Ya en los años ochenta se estrenó Los motivos de Luz (1986), también de Cazals, sobre una reclusa que es acusada del asesinato de sus hijos, a lo que ella argumenta no recordar nada. Sin embargo, el evento del 2 de octubre tuvo su representación abiertamente en el cine hasta 1989 con Rojo amanecer de Jorge Fons. El largometraje se filmó de manera secreta en una réplica de un departamento de Tlatelolco, debido al ambiente de censura; de hecho el estreno del filme se retrasó durante seis meses ya que el gobierno federal se oponía a su exhibición porque consideraba que el ejército era ofendido en la película.

Si bien en los últimos años algunas producciones contemporáneas han volteado hacia los sesenta para reflexionar y rescatar algunos elementos fílmicos de aquella época, películas como No intenso agora (2017), de Joao Moreira Salles, a través de una mirada documental, producen una narrativa ilustrativa de la década de la que aún es posible aprender.

 

También la actividad cinematográfica latinoamericana tuvo importantes cambios a lo largo de los últimos treinta años del siglo XX, por ejemplo, en 1971 por primera vez abrió sus puertas la Cinemateca Distrital de Colombia, mientras que en México, gracias a una millonaria inversión por parte del Estado, en 1972 fue inaugurada la Cineteca Nacional, ambos acontecimientos representaron los esfuerzos por lograr la democratización de la cultura. También en la nación mexicana surgieron nuevos espacios de formación profesional, tal como el Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC) en 1975. Más tarde, se apreciaron grandes avances como la creación del Instituto Mexicano de Cinematografía IMCINE en 1983, que desde entonces ha tenido la tarea de fomentar la producción nacional. Ya en los dosmiles, en Argentina el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales INCAA, destacó por promover la exhibición a través de propuestas como la conformación de una serie de salas denominadas Espacios INCAA, entre los que se encuentra la Sala Gaumont, el Complejo Cultural Provincial Guido Miranda y el Complejo Tita Merello.

Hablar de revolución en estos días

Aunque hoy los años sesenta sean un recuerdo de los ideales por una sociedad más justa y consciente, el progreso que impulsaron ha tenido importantes destellos. Tanto en Europa como en América Latina, los hechos ocurridos en aquella década, especialmente durante 1968, fueron decisivos en lo político y lo económico, en la cultura y en el arte.
No obstante, es de suma importancia rescatar el comentario que señala a los sesentas, no solo como un período de efervescencia social, sino también como un campo fértil para el surgimiento y la consolidación de vanguardias artísticas que innegablemente respondieron a las inquietudes de la vida cotidiana; el Pop Art y su intervención en productos de consumo para posicionarlos como piezas de arte, el Graffiti como forma de expresión revolucionaria al apropiarse de los espacios públicos y resignificarlos. En tanto, la música y su alcance masivo también fungió como un parteaguas en la encarnación de los ideales de libertad, justicia, sexualidad, juventud, etc.

Por su parte, el cine se convirtió en una herramienta discursiva con gran amplitud de posibilidades narrativas, es decir, algunos frentes hicieron de éste un medio para generar evidencia, difundirla y entorno a ello reforzar una discusión sobre los temas que afectaron a las minorías vulnerables. También, ciertos grupos hegemónicos retomaron el uso propagandístico que desde tiempo atrás se había adjudicado al séptimo arte en momentos de crisis. Al final, es plausible concluir que el papel del cine en la década del sesenta fue el de un diálogo orgánico y un medio de enunciación de la lucha social, en el que además de plantear las preguntas importantes acerca de las múltiples coyunturas, éste abrió un espacio de denuncia y réplica, y concedió una voz a aquellos que no la tenían para que al fin pudieran ser escuchados, además gestó la posibilidad de conformar un legado cinematográfico que ahora nos permite acercarnos a nuestro pasado como sociedad. Apenas hemos dado los primeros pasos en el curso del siglo XXI y el cine permanece en desarrollo, explorando nuevos temas y llegando a más personas, presto a narrar los episodios de nuestra historia aún por escribir.

 

Volver a página de inicio